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Mercurio El planeta más cercano al Sol. Se encuentra a una distancia aproximada del Sol de 58 millones de km, tiene un diámetro de 4.875 km. Dado que su superficie es abrupta, porosa y de roca oscura, Mercurio es un mal reflector de la luz solar. Los estudios espectroscópicos de Mercurio nos muestran una tenue atmósfera que contiene sodio y potasio; en apariencia, sus átomos proceden de la corteza del planeta. Sus colisiones con otros planetas de nueva formación en los orígenes del Sistema Solar pudieron despojarle de los materiales más ligeros, lo que explica la relativamente alta densidad de Mercurio. La Mariner 10 detectó un campo magnético con una fuerza del 1% del de la Tierra. La superficie de Mercurio, a diferencia de la de la Luna, está atravesada por grandes fracturas quizá procedentes del periodo de contracción que experimentó en sus primeros tiempos, cuando el planeta se enfrió. En 1991 radiotelescopios terrestres de gran potencia revelaron señales de enormes extensiones de hielo en las regiones polares de Mercurio que la Mariner 10 no había cubierto. El perihelio de Mercurio (el punto de su órbita más cercano al Sol) avanza muy despacio. Uno de los primeros logros de la teoría de la relatividad fue la explicación detallada de este movimiento. Entre los planetas hermanos de la Tierra, Mercurio es el que tiene menores dimensiones. Su diámetro es tal que si fuese posible colocar uno de sus polos sobre el cabo de San Vicente, en el extremo SO de Portugal, el otro coincidiría con la desembocadura del río Ural, en la parte NO del mar Caspio. Y si hacemos la comparación en América, un polo estaría en Buenos Aires y el otro en Bogotá. Su superficie es igual a la de África y Asia juntas. Su masa es tan pequeña que se precisarían 18 planetas iguales a él para equilibrar, en una gigantesca balanza imaginaria, a nuestra Tierra. La densidad de este planeta es 5,5 veces superior a la del agua. Como consecuencia de estas dimensiones, la fuerza gravitatoria en la superficie de Mercurio es menor que la mitad de la terrestre. Ello significa que si pudiésemos trasladarnos a él disfrutaríamos de una gran ligereza, podríamos dar saltos dos veces y media más altos que en nuestro planeta y pesaríamos mucho menos: 60 kg quedarían reducidos a 23. Por su gran proximidad al Sol, Mercurio recibe tanto calor que cuando está en su afelio la temperatura en su superficie alcanza el grado de fusión del estaño, y cuando se halla en su perihelio, el del plomo. Si hubiese en su superficie grandes masas de estos metales, estarían fundidos, formando dantescos lagos. Mercurio emplea 88 días en dar una vuelta entera alrededor del Sol. Consecuencia de tener éste tan cerca es que su gran masa ha frenado la rotación del planeta de tal modo que, para dar una vuelta sobre su eje, tarda 58,65 días y lo hace de oeste a este. Estos días representan los dos tercios del periodo de traslación del planeta. En otras palabras, cada año de Mercurio comprende sólo un día y medio. Hasta 1965 se creía que el periodo de rotación era igual al de traslación, o sea que Mercurio presentaba siempre el mismo hemisferio al Sol, como sucede con la Luna respecto a la Tierra. Se consideraba cierta esta duración desde que Schiaparelli la anunció en 1889 y la confirmaron eminentes astrónomos como Danjon (1924), Antoniadi (1934) y Dollfuss (1953). Estas y otras observaciones se basan en una mancha superficial que se destaca de modo particular, designada por Schiaparelli con la letra q, y que todos debieron confundir con otras situadas en la misma o parecida latitud. El nuevo descubrimiento se logro con el radiotelescopio de 300 m de diámetro de Arecibo, por G. H. Pettengill y R. B. Dyce, y con el del laboratorio de la Propulsión a Chorro, por W. E. McGovern, 5. H. Gross y 5. 1. Rassol. Al creer que ambos períodos eran iguales se dedujo que el hemisferio frente al Sol estaba a temperaturas altísimas y el opuesto a --270 0C, uno de los lugares más fríos del universo. Cuando por radioastronomía se descubrió que la temperatura de este hemisferio era de 250, se opinó que el calor, a lo largo de los milenios, había atravesado el cuerpo del astro. Con la nueva duración de la rotación, dicha temperatura se explica más fácilmente. Desde Mercurio se ve la bóveda estrellada girando muy lentamente: 58,65 veces más despacio que desde la Tierra. Entre los planetas más brillantes del firmamento figuran Venus y la pareja Tierra-Luna, que brillan como esplendorosas estrellas, siendo la segunda doble y separable a simple vista en las mejores condiciones de proximidad. Un hipotético habitante de la parte que está frente al Sol, vería a éste como una superficie que variase continuamente, desde cuatro veces y media mayor de la que se percibe desde la Tierra, hasta once veces mayor. Estos valores son los extremos y tienen lugar en el afelio y en el perihelio, respectivamente. Por sus condiciones climatológicas, no es muy probable que los futuros astronautas puedan desembarcar allí. Se conoce a Mercurio desde la más remota antigüedad. Entonces se creía que eran dos astros distintos, uno matutino y otro vespertino. En consecuencia, se le dieron dos nombres diferentes. Así, los egipcios lo nombraron Sçt y Horus; los indios, Buda y Rauhineya; y los griegos clásicos antiguos, Apolo y Mercurio. Se tienen datos del siglo nI a. C., según los cuales los caldeos ya supieron que los dos astros eran uno solo. Observado telescópicamente, este astro presenta fases debido a que su orbita es interior a la terrestre y, también, a la combinación de su movimiento con el de la Tierra. En muchas ocasiones nos ofrece parte de su disco que no está iluminado por el Sol. Cuando está a mayor distancia aparente de aquél --lo que se llama máxima elongación-- tiene la mitad del disco iluminado. Cuando pasa de la elongación este a la oeste a través de la conjunción inferior, presenta menos de la mitad del disco iluminado; y cuando pasa de la oeste a la este por la conjunción superior, muestra más de la mitad del disco iluminado por el Sol. En su superficie iluminada aparecen manchas muy borrosas y fugitivas, que indujeron a los astrónomos a suponer que los movimientos de rotación y traslación del planeta eran sincrónicos. Se cree que su superficie es parecida a la de la Luna, lo cual se deduce del comportamiento de las ondas reflejadas de radar. En general, la observación del planeta Mercurio no es nada fácil, ni con el telescopio ni a simple vista, a causa de estar siempre a poca altura sobre el horizonte. Se dice que Copérnico nunca lo había observado, a simple vista, desde luego, por cuanto en su época aún no se conocía el telescopio, y ello se debía a las brumas del no Vístula, cerca del cual vivió este reformador de la astronomía planetaria. Con el telescopio, si está montado sobre un pie ecuatorial y tiene círculos graduados, se puede observar este planeta en pleno día, principalmente empleando filtros de color que hagan resaltar el contraste de los detalles de su disco. Varios autores han descrito cómo debe ser lo que un habitante de la Tierra vería en su superficie. En el siglo xvii, Fontenelle escribía que los habitantes de Mercurio debían de ser negros como los del Africa central, ágiles, sin memoria y casi locos a fuerza de vivacidad. No es de extrañar que este autor atribuyera habitantes a este planeta, por cuanto hacía varios años había hecho lo propio Huygens, quien incluso se preocupó acerca de la clase de instrumentos musicales y sistemas de canto que debían tener. Del siglo siguiente se conserva un Viaje al mundo de Mercurio, de autor anónimo, que supone la superficie del planeta llena de montañas poco elevadas, todas cubiertas de árboles de la altura del naranjo y con flores eternas. Los hombres son 'de la talla de un niño de 13 a 15 años, de una belleza sin par, sanos y de una gran frescura. Si, a pesar de ello, alguien no está satisfecho de los rasgos fisonómicos de su faz, los puede cambiar a voluntad. Todos los habitantes son alados y recorren el país por los aires en busca de la satisfacción de sus placeres y gustos. Las gentes de Mercurio no duermen, siempre están activas, y de ahí que a los mayores criminales se les condene a dormir unos cuantos días. La provisión de alimentos es muy fácil: manjares exquisitos nacen en las cimas de las montañas, y aves amaestradas van a buscarlos. En cambio, Flammarion dice que hay en Mercurio montañas enormes, de hasta 19 km de alto, basándose en observaciones de las irregularidades del terminador --línea divisoria entre la luz y la sombra-- hechas por Schroeter. También dice que en la atmósfera de este planeta se presentan a menudo y con gran intensidad magníficos juegos de óptica, como arcos iris múltiples, salidas y puestas del Sol de tal magnificencia que a su lado nuestros más bellos crepúsculos son débiles juegos de luz. |
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